Cuando se busca la equidad, crear condiciones académico-administrativas que posibiliten la admisión de jóvenes procedentes de sectores sociales hasta entonces excluidos de la educación superior, es un paso importante. No obstante, resulta insuficiente si al ingresar prontamente son derrotados porque su experiencia escolar previa, y el capital cultural familiar, no incluían las habilidades académicas y las bases del conocimiento disciplinar que la universidad exige desde el primer día de clases.

 

La Universidad del Valle respondió al pedido de comunidades indígenas creando, poco después de la Constitución de 1991, la favorabilidad para el ingreso de sus jóvenes. Más adelante fue reglamentada como condición de excepción étnica con el 4% de los cupos de ingreso en cada carrera; para los afrocolombianos esta medida se logró en noviembre de 2003, con una cuota equivalente. Cuando en 2005 se decidió implementar una acción de acompañamiento, a fin de evitar el fracaso y la deserción posterior de jóvenes de ambos grupos étnicos, ni los directivos académicos, ni los profesores que respondimos al llamado dimensionábamos la complejidad ni la magnitud del problema. Trabajando al lado de estos jóvenes, en Universidad y Culturas prontamente descubrimos qué producía la deserción, y cómo las causas de la misma estaban directamente relacionadas con la baja calidad de su experiencia escolar previa, y no con el choque cultural. Paradójicamente, tener amplio acceso al sistema educativo y haber logrado culminar un bachillerato (al que sus padres no accedieron), no los convertía en buenos estudiantes. Las promesas de inclusión social gracias a la educación no se cumplían.