No es fácil tratar de orientar y modelar según nuestras ideas a adolescentes y a jóvenes del siglo XXI, quienes de entrada ya no reconocen en los adultos un modelo a seguir, menos aún una figura de autoridad; tampoco consideran que merezcan respeto solo por ser mayores. En parte esto son consecuencias del decreto 230  [promoción automática] que eliminó la autoridad de saber del profesor, y de la educación escolar por competencias que vuelve inútil pensar y esforzarse; en parte son efecto de la ubicuidad actual de la información: ya no se necesita al profesor de colegio, ni el libro de texto para aprender nociones generales. Pero también es una consecuencia del lugar preponderante de niños y adolescentes en la sociedad contemporánea: del énfasis excesivo en los derechos de los niños y la desaparición de sus deberes;  y en consecuencia, de los métodos de crianza dedicados a “hacer felices a los niños”, y ya no en “formar personas de bien, capaces de contribuir a la sociedad”.  

No hay recetas para transformar a los nuevos jóvenes en los adolescentes que fuimos hace varias décadas. Pero haber elegido como oficio la docencia universitaria nos convoca a tratar al menos de informarnos y de comprender cómo son esos jóvenes que tenemos como tarea permanente educar, y cómo podemos ayudarlos.

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